Manuel. A. Gato. ¡Sapos, fuera!

A veces alivia echar el sapo y desahogar el espíritu divulgando a los cuatro vientos verdades como puños. En verdad, esos estados de ánimo no son la ocasión más propicia para la propuesta sesuda de soluciones que busquen enmendar un panorama que cada día se oscurece más: porque, al contemplar la realidad española desde Canarias, la perspectiva se agranda y el pesimismo se ahonda. Pero resulta liberador soltar lastre y escupir por el colmillo sobre el modelo de sociedad que nos ha sido impuesto.

Se mire hacia donde se mire, el cuadro que se presenta es desolador. Y lo trágico es que la adormecida conciencia de unos “ciudadanos” instruidos y amaestrados por los depositarios del poder ni siquiera repara en su desnudez, y se recrea en los mugrientos jirones de una vestimenta que apenas recuerda pasados esplendores: una agricultura antaño floreciente (vid, caña, tabaco, tomate, plátano, papa) ha dado paso a eriales resecos y abandonados por sus dueños; unas bellezas naturales que, explotadas por la avidez de las empresas turísticas y la búsqueda de beneficio a corto plazo, se han visto irremediablemente deterioradas; un clima generoso, afectado ahora por un régimen de precipitaciones caótico, que algo parece que tiene que ver con la brutal tala de árboles consumada con un empeño digno de mejor causa durante cinco siglos; un estilo de vida donde el respeto, la caballerosidad y las buenas maneras trenzaban las relaciones sociales, hoy aparece relegado por la vulgaridad, el griterío y unas pautas de comportamiento que se rigen sólo por impulsos animales, con perdón de las bestias.

Padecemos en Canarias los sueldos medios más bajos de toda España, los más elevados índices de desempleo y los más vergonzosos niveles educativos, con un alumnado funcionalmente analfabeto y unas universidades que se sitúan a la cola de las ya desacreditadas universidades españolas, cualquiera que sea el baremo de referencia al que se recurra. Pero los canarios vivimos felices, aún embriagados por una cultura que todo lo subvencionaba y por unas coberturas sociales que durante años constituyeron una poderosa tentación para vivir a cuenta del subsidio del paro.

Prueba de esa inconsciencia adormilada es el hecho de que, según el barómetro de opinión pública en el Archipiélago presentado en agosto por el Consejo Económico y Social de Canarias, sólo el 9,7% de la población del Archipiélago contemplaba con auténtica preocupación el panorama educativo de las islas. Sólo un 14,8% se inquietaba por la corrupción política que todo lo envuelve y ensucia, y ¡menos del 1%! manifestaba desasosiego por la contaminación del medioambiente.

Si interrogaran a esas personas –que no se les preguntó- por la administración de justicia, tampoco pestañearían: y eso aun cuando las normas vigentes en algunos juzgados violen disposiciones constitucionales, y cuando la mayoría de jueces y fiscales hayan olvidado las normas más elementales de cortesía y urbanidad (¡qué humillante resulta el trato que dispensan algunos jueces a abogados infinitamente más competentes, qué desvergüenza la suya al dirigirse con altanería descarada a testigos y acusados!), se comporten como si estuvieran investidos de un poder omnímodo sobre nuestras personas y nuestros bienes, y se presenten a los juicios con retrasos que debieran sacar los colores a más de uno, sin que nadie ose poner el menor reparo.

¿Qué decir de unas clases empresariales y políticas empeñadas en destrozar la convivencia y envenenar las relaciones entre las dos islas mayores?, ¿cómo compaginar las presuntuosas jactancias de nuestras excelencias turísticas con la escasa preparación de tantas personas empleadas en el sector?, ¿cómo se compadece el amor a la patria chica con la suciedad y el abandono que campean en tantos municipios canarios, en espacios urbanos y rurales?

Aquí la chapuza ha adquirido carta de naturaleza. Ensuciamos mar, tierra y aire: ya se encargarán de la limpieza los inmigrantes llegados de América o de África. Realizamos el trabajo mal y pronto, sobre todo si lo llevamos a cabo enchufados a alguna de las numerosas ubres de las múltiples administraciones públicas.

Entretanto, renegamos de la competencia de Marruecos, nos indignamos por el desprecio que nos muestra el Gobierno de Madrid, nos sentimos desprotegidos por la distante Unión Europea. Siempre son ellos los artífices de nuestra desgracia, ellos los arrogantes que desprecian cuanto ignoran. Y lo arreglamos todo incrementando el número de funcionarios, desconocedores de que no hay trabajo para todos y de que no hay cristiano que costee tanto derroche. Y no nos cansamos de gemir y de lloriquear.

Por supuesto, la Policía Canaria era una aspiración irrenunciable, aunque atravesemos épocas de vacas flacas, o aunque los efectivos de la Guardia Civil deban tolerar escaseces tercermundistas. Ya tenemos otro cuerpo policial de paseo por nuestras calles, y ya podemos presumir de nuestros Mossos d’Esquadra, de nuestra Ertzaintza; ya casi nos parangonamos con catalanes y vascos; casi accedemos a la categoría de primer submundo, aunque seamos ineficientes, descuidados, incompetentes, sucios, irresponsables. ¿Quién repara en los defectos personales pudiendo descansar la mirada en la belleza del propio ombligo? Incrementemos un poquito más la dosis de nacionalismo en nuestras demandas a “ellos”, y los obstáculos se derribarán como por ensalmo. Así dijo la serpiente a Adán y Eva: ¡seréis como dioses!

Dioses somos, porque a Dios lo encerramos en las sacristías donde aún late un rescoldo de fe religiosa. Puesta la trascendencia a buen recaudo, podría quedar el campo libre para deambular sin norte ni rumbo. La libertad, aunque se pregone de palabra es, sin embargo, realidad maldita. Por eso hay que organizarla, adaptarla, modelarla: el Estado de bienestar cumple esa función. Y nos educa, nos normaliza, nos cerca y convierte en ganado. Castrados para pensar por cuenta propia, asumimos que no hay rebeldía posible, que ellos nos mantendrán si no sacamos los pies del plato. Y nos sentimos agradecidos y besamos las cadenas del Poder.

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