cemigras
Nº 14 SEPTIEMBRE 2008     
  Agenda     |     Área Social     |     Área Jurídica     |     Contacto

Volver al boletín

Historias de aquí y allá. Marta

 

mezquita

 

Las siete y media de la tarde en el camino que enlaza Tuluá con Buga. Una ancha cinta de asfalto de poco más de quince kilómetros, en el cálido departamento de Valle del Cauca, un viernes veintiséis de octubre de 1999. Luis Alfonso se dirige en moto a Tuluá. Le quema la distancia por el ansia de llegar a casa, besar a Marta, comer una carne asada y sacar de paseo a su esposa: apenas han transcurrido cuatro meses desde la boda, un hermoso y calurosísimo veinte de junio, tras larguísimos años de un noviazgo que parecía no llegar a término.

Luis Alfonso habló con Marta a las siete menos cuarto, terminada una larga y tediosa reunión que le ocupó buena parte de la tarde. Anunció que ya salía y adivinó el rostro todavía aniñado de Marta al otro cabo del hilo del teléfono, en casa de su mamá, dispuesta a echar a correr para cruzar la calle y esperarle con la carita compuesta y su ropa limpia en el hogar que aún olía a estreno, a aventura recién comenzada.

Viste Luis Alfonso pantalón vaquero y camisa blanca de manga larga. Trae consigo, en una bolsa de mano, el uniforme de policía de carretera que ha usado durante una semana que le pareció eterna: demasiado ajetreo en el peaje de la autopista, en el tráfico siempre desquiciado de Buga, en los pasillos estrechos y siempre concurridos de la jefatura, invadidos de un peculiar olor a grasa y humanidad. Marta se ocupará mañana del lavado de la ropa y, como de costumbre, se empeñará en que también la gorra necesita una pasadita por el agua jabonosa. Luis Alfonso intercederá en favor de esa prenda de cabeza, con el argumento habitual de que no le convienen excesivos lavados para que no pierda la rigidez marcial e imponente de su forma.

Piensa Luis Alfonso en niñerías mientras fuerza el acelerador de su vieja moto y deja atrás las últimas casas de Buga. Está orgulloso del magnífico papel que Marta representó como dependienta durante un año, hasta que se casaron, en el bazar de su cuñado. Nunca anduvieron tan claras las cuentas del negocio, nunca hubo mayor limpieza, y nunca se habían oído tantas risas y tantas canciones como durante esos doce meses. No puede imaginar a Marta de otra manera que no sea envuelta en su sonrisa de chiquilla traviesa, canturreando coplas de moda y piropeando a su hombre: el apuesto policía, envidiado por todas las solteras de Buga y de Tuluá, respetado por los conductores y los peatones, y querido por sus superiores, que le auguraban una carrera exitosa.

El sol no se resigna a ocultarse y lanza sus hermosos rayos del atardecer que ciegan de vez en cuando la pupila de Luis Alfonso. Es un hermoso cuadro de luces y de sombras alargadas el que desfila deprisa ante sus ojos. Oye, lejano, el rumor de un vehículo que se acerca por detrás. Cuando se acorta la distancia distingue fugazmente la forma de una moto que avanza a gran velocidad; escucha un ruido seco, apagado, un estallido que inunda el valle y se extiende por todos los ámbitos, y siente la mordedura de un aguijón en su espalda. Pierde el equilibrio, y cae al suelo. Instantes después, todo serán sombras a su alrededor.

Marta ha esperado mucho tiempo, comida por la impaciencia. Su hombre no llega. Pasaron las siete y media, y no se sabe nada de Luis Alfonso. Ha preguntado en la jefatura de Buga y le dicen que salió hace rato, que no se impaciente, que así son todas las recién casadas. Son bromas de cariño de Pablo, el más querido de los colegas de su esposo.

Cuelga el teléfono y suena enseguida una llamada. Una sonrisa en la boca de Marta, y en sus labios una palabra de saludo, un requiebro de amor, a su hombre. No es él, sin embargo. Del otro lado de la bocina, una voz torpe, unas palabras que se enmarañan. Malas noticias, pero no hay que alarmarse. Luis Alfonso ha sufrido un accidente, lo llevan a una clínica a Tuluá donde lo intervendrán quirúrgicamente, allí podrá alcanzarlo.

Las palabras enredadas anticipan desmañadamente la verdad. Luis Alfonso ha fallecido en esa clínica de Tuluá, nada más llegar, sin que resultara posible reanimarlo para extraerle el proyectil que se alojó en su espalda y le rompió la vena cava. Marta no alcanzó a verlo con vida.

Meses después Marta aterrizaba en Gran Canaria, donde pasaría unos años que no bastaron para conjurar los fantasmas del pasado. Atrapada por el cariño a los suyos y el peso de unos recuerdos de los que buscaba escapar, Marta ha regresado hace unos meses a la tierra que la vio nacer, la misma que cubre hoy los restos de Luis Alfonso.

 

Volver al boletín

Ayúdanos a difundir nuestro trabajo:
Reenvía este boletín a las personas que puedan estar interesadas
Centro Europeo de Estudios sobre Flujos Migratorios
Deseo suscribirme

CEMIGRAS. Todos los derechos reservados,