Manuel Ferrer Muñoz, Desde Canarias al Valle del Cauca (Colombia). Preguntas y algunas respuestas
Para los estudiosos de los flujos migratorios que desembocan en España –y, más específicamente, en el Archipiélago Canario-, nada más recomendable que recorrer en sentido inverso el camino que siguen las personas que alimentan esos movimientos demográficos y zambullirse en sus países de origen, con un particular detenimiento en aquellas regiones de donde parte la mayoría de los integrantes de las migraciones.
Un recorrido por el Valle del Cauca durante dos semanas -14 de febrero a 2 de marzo de 2009- ha permitido a quien suscribe estas líneas adentrarse en la comprensión de las claves de una de las vertientes más características de la inmigración de Canarias: los más de veinte mil colombianos –la mayoría originarios del Valle del Cauca- asentados en las islas.
En esa indagación han surgido múltiples interrogantes. Muchas preguntas esperan todavía respuestas y reclaman reflexiones en profundidad. Afrontar ese reto vale la pena, y por eso nos disponemos a concentrar en él nuestra atención.
¿Por qué una preferencia tan acusada por nuestro Archipiélago y, dentro de él, por municipios como Arrecife que, con su 7% de población colombiana, representa la máxima concentración en el Archipiélago de ese colectivo nacional?, ¿qué expectativas se abren para los 4.000 colombianos de Arrecife, amenazados por el desempleo en una localidad que experimenta una alarmante recesión económica?
¿Qué razones mueven a los empobrecidos habitantes afrocolombianos de Buenaventura, la empobrecida ciudad portuaria del Pacífico colombiano, a anteponer Estados Unidos a otros posibles destinos migratorios, incluida España?
¿Cuáles son los motivos específicos que arrastraron a esos miles de personas a cruzar el Atlántico hasta recalar en nuestras islas? Ciertamente son razones que se asocian a los problemas nacionales internos de Colombia y, en particular, al drama de los desplazados por el conflicto interno de la guerrilla, los paramilitares, el narcotráfico, la destrucción del medioambiente provocada en nombre del Plan Colombia, la profunda recesión de 1999… No en vano se ha presentado a Colombia como a un país que huye ante los ejércitos en pugna. Pero importa conocer las motivaciones de cada uno de los protagonistas.
¿Conocen los vallecaucanos las restricciones crecientes del Gobierno español, cada vez más influido por la política imperante en el seno de la Unión Europea, que insiste en los controles de las entradas y hace literatura sobre la integración social de los inmigrantes?
La representación diplomática española en Colombia, ¿adolece de la esclerosis que casi paraliza su quehacer en tantos países donde la escasa competencia de los servicios consulares exaspera tanto a nacionales como a españoles que quieren contratar a personal de esos países o que han contraído matrimonio con hombres o mujeres de esas nacionalidades?
¿Recorren hoy como ayer las calles de Santiago de Cali, capital del departamento del Valle del Cauca, embaucadores españoles pseudoempresarios provistos de falsas ofertas de trabajo?
Los jóvenes universitarios de las universidades vallecaucanas –Universidad del Valle, Santiago de Cali, Autónoma de Occidente, Javeriana, San Buenaventura, ICESI…-, ¿aspiran a proseguir sus estudios en España, desalentados por el elevado costo de maestrías y doctorados en su país y atraídos por el prestigio académico de las universidades de la “Madre Patria”?, ¿o, conocedores, de las desconfianzas de nuestros consulados, tan reacios a conceder visados de estudios, miran hacia universidades de otros países americanos o simplemente renuncian a completar su formación?
Las insatisfactorias retribuciones salariales y las escasas prestaciones sociales que brinda una sociedad, como la colombiana, que parece nadar contra corriente y renegar del Estado del Bienestar, ¿arrojan a Canarias a muchos habitantes del departamento del Valle del Cauca que no alcanzan a cubrir los gastos de cada quincena?
Los parientes y amigos de vallecaucanos establecidos en Canarias, ¿continúan pregonando las excelencias de esos “paraísos” isleños?, ¿o advierten a sus allegados impacientes por emprender el viaje con papeles o sin ellos de que España (y Canarias) se ha convertido en un vertedero de puestos de trabajo?
Las organizaciones sociales y sindicales, muchas veces señaladas falsa e imprudentemente como cómplices de la guerrilla, ¿vislumbran esperanzas de que un giro en las políticas sociales del Gobierno redunde en un plazo razonable en una mejora en las condiciones de vida de muchos trabajadores que simplemente no llegan a fin de quincena, por la insignificancia de los salarios y lo elevado de servicios públicos como el transporte urbano?
¿Pesa también sobre los organismos comprometidos en la defensa de los derechos humanos el estigma de que simpatizan con la guerrilla, por el simple hecho de que se niegan a cerrar los ojos ante los asesinatos de “falsos positivos”, ciudadanos corrientes y molientes a quienes militares deseosos de apuntarse el mérito de haber eliminado a miembros de la insurgencia hicieron pasar falsamente por guerrilleros y les han arrebatado la vida?
La reconciliación nacional, el anhelo más profundamente sentido por tanta gente noble, ¿permitirá el final de un éxodo que amenaza con comprometer el futuro de Colombia y, en particular, del Valle del Cauca, donde abundan tantas familias desarticuladas, rotas por la ausencia de la esposa, del marido, de los padres o los hijos?
¿Compensan las remesas el drama cotidiano de la separación, la lejanía de los seres queridos, el fracaso de tantos matrimonios que no resistieron el alejamiento de uno de los cónyuges?
Estas y otras muchas preguntas han sido lanzadas al aire centenares de veces durante quince días, y formuladas ante académicos, activistas sociales, sacerdotes, ciudadanos de a pie, habitantes de los sectores más empobrecidos de municipios como Cali, Yumbo o Buenaventura.
A lo largo de conversaciones densas y muchas veces empapadas de emoción por la escucha de historias colmadas de dramatismo, se han obtenido respuestas de todo tipo a estos interrogantes, y se han oído críticas y alabanzas de las actuaciones de los políticos. Casi todos nuestros interlocutores han coincidido en lamentar el alejamiento de la realidad en que viven los personajes instalados en las esferas del poder, en todas las escalas: nacional, departamental, municipal.
Ha llegado el momento de articular esfuerzos dispersos y de elaborar planes de acción, de profundizar en los análisis de los fenómenos sociales y políticos y de implicar a los propios interesados en la tarea de cambiar el curso de las cosas. Es la hora de adquirir compromisos, de superar diferencias y recelos, de juntar a académicos y activistas sociales, de convencer a los Gobiernos de que urge construir una sociedad más equilibrada. Urge dejar atrás los miedos y los rencores, cauterizar heridas y practicar la solidaridad. Son tiempos muy buenos, porque son tiempos muy malos.
Desde aquí invitamos cordialmente a unirse a nosotros a quienes deseen sumarse a este empeño por compartir responsabilidades y compromisos, y por tender vías de entendimiento y de colaboración entre Colombia y Canarias. Y,para que el viento no robe estas palabras lanzadas al aire, rogamos que se sirvan de este medio electrónico (cemigras@gmail.com) para incorporarse a la red de personas que se proponen propagar la paz y trabajar por un futuro en que las incertidumbres sean menos angustiosas y donde las penurias económicas no ahoguen el ansia por vivir la vida en toda su plenitud.