Manuel Ferrer Muñoz, En defensa de la libertad
No está de moda reclamar derechos: determinados derechos, en particular.
Ya se sabe: son tiempos en que prima la seguridad, que justifica todo género de arbitrariedades, “por nuestro bien”.
Dicen que una alianza de civilizaciones devolvería la confianza entre hombres de un planeta dividido por odios arraigados, por conflictos que nadie sabe cómo solucionar, por heridas causadas por actuaciones intemperantes de algunos gobernantes que han dividido a los pueblos según su adscripción a un “eje del mal” de tan dudosa entidad como la moralidad de muchos políticos contemporáneos de dentro y fuera de nuestras fronteras. Eso dicen, aunque lo dicen con poca convicción.
Lo ocurrido en Casablanca el domingo 29 de marzo debe avergonzarnos: cinco ciudadanos extranjeros han sido expulsados, bajo la acusación de haber viajado al país magrebí con la intención de evangelizar. Marruecos permite la presencia de misioneros de otras religiones diferentes de la oficial, el Islam, pero las leyes les prohíben evangelizar.
Por desgracia, nadie se rasgará las vestiduras –los tiempos no están para dispendios- ante una violación tan flagrante de los derechos humanos.
Y, sin embargo, cruzarse de brazos ante una actuación semejante es actitud de cobardes, o de avestruces, que esconden la cabeza para no ver. ¿O constituirá la denuncia un agravio a nuestra civilización aliada?
Seguro que todos recordamos la crisis de las caricaturas de Mahoma, que todavía colea hasta el extremo de poder llegar a condicionar la designación del próximo secretario general de la OTAN. ¿Pero nos alcanza la memoria de las divertidas fotos de Carod Rovira jugueteando de modo bromista y encantadoramente sacrílego con la corona de espinas que, en el sentir de los cristianos, martirizó la cabeza del Hombre-Dios?
No respetamos para que nos respeten, ¡pero que nos respeten!