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Nº 37 -28 DE DICIEMBRE 2009
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Clemente Romero Olmedo.  Frontera sur de México

A diferencia de la frontera México-Estados Unidos, militarizada, ampliada, condenada, apoyada, repudiada, esta frontera sur de México con Belice -único país centroamericano de lengua inglesa- es selvática, pequeña y prácticamente inexistente, salvo el puente internacional sobre el Río Hondo.

Belice confina con el sureño y selvático estado de Quintana Roo, huésped de Cancún, Cozumel y la Riviera Maya. Para la mayoría de los mexicanos, su existencia es apenas conocida gracias a los partidos de fútbol de ambas selecciones nacionales o cuando memorizan en la primaria los nombres de los tres países con los que tiene frontera México. Sus costumbres y formas de vida son un misterio para prácticamente toda la población de Quintana Roo y del resto del país. Además, para llegar a Belice desde cualquier punto de México en vuelo comercial, debe triangularse vuelo con un tercer país.

Una de las pocas afinidades con este vecino es la arquitectura: en Chetumal, capital del estado de Quintana Roo, se encuentran antiguas casas de madera, a dos aguas y sobre el nivel del piso, al estilo inglés caribeño, que contrastan con las típicas casas de ladrillo y cemento a ras de tierra que dominan el resto del país. En casi todo lo demás prevalecen las diferencias entre Quintana Roo y Belice. Los pocos mexicanos que hablan inglés en aquella zona rara vez cruzan la frontera más allá de la denominada zona libre, dominada por un par de casinos administrados por turcos. La recepcionista de uno de los mejores hoteles de Chetumal me inquirió: ¿para qué voy para allá si no hay nada? Dicha ciudad está a menos de diez kilómetros de la frontera con Belice.

La cierta uniformidad cultural del lado quintanarroense contrasta con la diversidad cultural en Belice, donde la población de origen africano es dominante. Sin embargo, llama la atención la presencia de inmigrantes de diversos lugares en la denominada zona libre y tierra adentro: una licorería atendida por turcos, tiendas de ropa despachadas por pakistaníes e indios, pasos adelante una tienda de abarrotes administrada por una prole de origen chino cuyo inglés es ininteligible y su español inexistente. El resto de la población es de origen maya y mexicano, y se empeña en subrayar que son beliceños y que no hablan español. Prácticamente todas las tiendas en la zona libre beliceña venden ropa de marca y calzados deportivos piratas. En cuanto alcohol, quiero creer que ninguno vende productos adulterados. Si se pregunta a oriundos de la India, Pakistán o Bangladesh por qué están en esa zona del Caribe, espetan una respuesta clara y tajante: We’re here only for doing business. Our reasons do not concern you.

Antes de pasar a Belice, existe el deber de desinfectar tu auto, pasar las rigurosas y no tan tortuosas entrevistas de los agentes migratorios. What’s the purpose of your visit?What do you plan to do? Business or pleasure?La respuesta just look around for a couple of hours no les convenció del todo. Al parecer, son pocos los despistados sin puerto seguro y causa más o menos fundada que cruzan esa frontera. Algunos kilómetros después de la garita aduanera se encuentra un cálido y pintoresco pueblo a la orilla del Caribe llamado Corozal. La playa prácticamente no tiene arena pero el mar pinta color verde y azul turquesa. Un par de lugares de descanso a la orilla del mar son una delicia. En esos islotes es común ver a turistas norteamericanos y a alguno que otro europeo que disfruta de los maravillosos arrecifes de coral de la zona. Kilómetros adentro y rumbo a la ciudad de Belice, se encuentra un pueblo llamado Orange Walk, donde no sentí lugar seguro para sentarme y comer. Al parecer, los turistas mexicanos con autos compactos de alquiler son muy extraños. Un agente de tránsito me volvió a preguntar sin motivo alguno las razones de mi estancia. Una vez más, el just look around fue escuchado pero no aceptado. Sólo me detuve unos minutos a la orilla de la carretera en una tienda atendida por una familia chino-budista, para comprar unas cervezas Belikin en todas las presentaciones y sabores posibles: cebada líquida y unas caras de colores de la Reina Isabel. Tomé unas fotografías de algunas casas, siempre a orilla de carretera y procedí a mi regreso.

Los vehículos circulan por aquella carretera Corozal-Belice City normalmente sin placas; policía, sólo una pareja en algunos poblados; patrullas y letreros viales, inexistentes; estatus migratorio de los pobladores y control del tráfico de bienes por esos rumbos, ni peregrina idea. Es lo lamentable de no tomar las rutas turísticas. Me pregunté y pregunto: ¿cuáles son los motivos para quedarse a la mitad del Caribe y no buscar el brinco a Estados Unidos? ¿Cuál fue el punto de conexión y cuáles las razones de movilización a una tierra con pocas oportunidades de trabajo, idioma y cultura diferentes? ¿Cuál será el nivel de control de dicha frontera sobre el tráfico de personas y los productos prohibidos que abastecen el sureste de México y el polo económico Cancún-Riviera Maya? Especular es un deporte y la curiosidad mató al gato.

De vuelta en la frontera mexicana.

  • ¿Qué trae, joven, en la cajuela?
  • Unas cervezas para colección y un par de Absolut 100, oficial.
  • Muy bien, joven, bienvenido a México.

Confiaron en mi palabra. A mis ojos, autopista de cuatro carriles recién inaugurada y letreros relucientes.

 

 

 

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