Nº 13 AGOSTO 2008     
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Saida




Nacida en Fez en 1972, Saida llegó a Las Palmas de Gran Canaria en 1995,
tres años después de haber contraído matrimonio con Alí, que desde 1982
residía en Canarias, vinculado al mundo de la pesca. Originarios ambos de la
misma ciudad, existían cercanía y parentesco entre sus familias (el padre de
Alí se había casado con una hermana de Saida), y desde que Saida era muy
pequeña se hablaba, medio en broma, medio en serio, de que acabaría
casada con Alí.

A lo largo de los años, el matrimonio ha tenido tres hijos, que
actualmente viven en el hogar de Alí. Hace poco más de dos meses, Saida
promovió el divorcio y vive provisionalmente en un centro de acogida, donde
resultaba difícil la permanencia de los chicos.

La biografía de Saida, como la de muchas otras compatriotas suyas,
aparece marcada por el desarraigo, la soledad, la desorientación. La crisis
matrimonial ha puesto fin a un proyecto al que sólo el enamoramiento
confería sentido.

Huérfana de padre desde que era una adolescente, fueron su madre y
su hermano mayor quienes decidieron otorgarla en matrimonio a Alí. Saida no
tuvo nada que objetar, y pensó que los catorce años que los separaban no
constituían ningún obstáculo para su felicidad. Así, aceptó ilusionada el
alejamiento de los suyos y el internamiento en un mundo que no conocía y al
que se enfrentaba con muy ligero bagaje intelectual y de formación. Atrás
quedaba una familia crecida –la madre y nueve hermanos, y una legión de
parientes- y todo el universo mental y afectivo que había envuelto la vida de
Saida desde pequeña.

La dureza de los años que siguieron se compensaba por la
dedicación de Alí hacia su esposa y la llegada de los hijos. Alí encontró trabajo
como recepcionista de una modesta pensión: lo menguado del salario se
compensaba por otras prestaciones, como el alojamiento en condiciones de
gratuidad de la familia, que iba creciendo en número de miembros. Así, nunca
fue preciso habitar una chabola que Alí había conseguido en San Francisco.
Más adelante, cuando Alí encontró otra ocupación mejor remunerada en el
sector de la construcción –excepto los tiempos de la pensión, en que Saida lo
ayudaba en sus tareas de recepcionista, nunca permitió Alí que ella trabajara
fuera de casa-, se trasladaron a una vivienda en El Lasso, a la que accedieron
gracias a los servicios sociales. El entorno del barrio, aunque no idílico, facilitó
la integración de la familia y la exitosa incorporación de los chicos a la
escuela, con algún que otro pequeño y doloroso incidente en que se vio
involucrada la mayor, insultada como “mora” por una compañera
desaprensiva.

El futuro inmediato que se abre para Saida está marcado por la
incertidumbre. La angustiosa necesidad de obtener ingresos económicos para
disponer de una vivienda propia y recuperar la custodia de sus hijos se ve
contradicha por la escasez de ofertas laborales; y eso, a pesar de su
disponibilidad para trabajar en lo que se ponga por delante: cuidadora de
niños o de ancianos, labores domésticas, ayudante de comercio…
No está cerrada la biografía de Saida. Probablemente, más de uno de
los lectores de este Boletín tiene a su alcance alguna sugerencia, propuesta u
oferta de empleo que contribuya a imprimir un nuevo giro a la vida de esta
mujer todavía joven, deseosa de abrirse camino en la vida. Ya saben el medio
de comunicar con nosotros. Esperamos esas respuestas.






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