Freddy Mondragón. Trans-fusión
En Colombia, el fenómeno de la migración comenzó a darse en la década de los sesenta. Entonces apuntaba a Estados Unidos, y se pensaba que los sueños serían más realizables en tierras extranjeras persiguiendo aquello que se llamaba “El sueño americano”.
En Centroamérica, países pobres como Guatemala, Nicaragua, El Salvador y Honduras entre otros son los que envían fuera de sus fronteras más emigrantes, que arriesgan sus vidas a bordo de trenes que atraviesan México hasta llegar a la frontera con Estados Unidos. En el trayecto aventurero son atracados, algunos asesinados o secuestrados, muchas mujeres violadas o convertidas en víctimas del tráfico humano: ésas son las primeras cuotas salvajes que les exige ese sueño que les impulsa hacia lo desconocido.
En Suramérica son muy similares las ilusiones de las gentes cuando piensan en desplazamientos a otros lugares, aunque varían los motivos para viajar afuera: los conflictos internos, las necesidades insatisfechas, el desempleo, una educación no tan satisfactoria, profesionales con títulos universitarios que no logran emplearse en los oficios para los que se prepararon. A todo eso se une en muchos países un clima psicológico depresivo, alimentado por las insuficiencias y disfuncionalidades de los gobiernos. En consecuencia, se multiplica el número de ciudadanos que comprenden que sus sueños son impracticables en sus propios lugares de origen, que se sienten limitados por políticas que coartan la libertad de realizarlos.
Una escala evolutiva donde el que sobrevive es el más fuerte, y eso mejora las especies, es aceptable en el mundo animal. Pero, incorporada esa misma ley al escenario humano, se derivan catástrofes que la historia ha reflejado en múltiples guerras.
Cuando Europa padeció sus guerras mundiales, fueron muchos los ciudadanos del Viejo Continente que, huyendo de la muerte, llegaron a América, un continente que aún conservaba visos de paraíso y de una vida no tan agitada como en el mundo incorporado a una vida moderna.
La constante del ser humano desde que aprendió a sustentar su equilibrio en “dos patas” ha sido siempre su carácter nómada. Aunque hoy en día seamos sedentarios, podría decirse que lo humano lleva en sí un espíritu de tierra movediza; que, en lo profundo de su psiquis, el ser humano es un ente inconforme, que experimenta en sí mismo todas las conductas de las personalidades múltiples que posee. Pero, para que nosotros hayamos alcanzado este punto de la evolución, el universo también experimentó desplazamientos, flujos migratorios, fusiones, formas primitivas que migraron a formas más evolucionadas, cambios climáticos. Y el hombre siguió experimentando mutaciones, hibridaciones mentales, formas del pensamiento que se disolvían en confrontaciones ideológicas.
Cuando llegó la era industrial muchas personas que trabajaban en el campo migraron a las ciudades, donde encontraron mejor calidad de vida, dinero para darse lujos, y surgió el “consumismo”. Fueron tiempos que quedaron definitivamente atrás. Hoy, nuestro signo de la abundancia es la escasez, sobra mano de obra para pocos trabajos, y el avance del consumismo ha dado origen al tráfico de hombres que van de uno a otro lugar en busca de mejores condiciones de vida.
Las soluciones que se ofrecen a esas demandas por los gobiernos de muchos países subdesarrollados son migajas que se convierten en fantasmas, políticas incapaces de proveer lo más básico a sus habitantes. Parece como si los adolescentes y niños de las áreas más vulnerables tuvieran impresa su fecha de caducidad: así lo indican las cifras de espanto y de mortalidad.
Las dolencias, las afecciones, los estados de ánimo de quienes ocupan los estratos más bajos de la sociedad deterioran el valor de la convivencia y de la vida. La ansiedad y el desempleo encuentran su hábitat en comunidades cuya libertad ha sido manipulada: no una libertad meramente física, sino una libertad de espíritu que se encuentra recluida en invernaderos de sombras y de naufragios, por las restricciones para acceder a empleos con salarios dignos y justos, por la carencia de una cobertura de salud honrada y eficaz, que no trafique con sus necesidades, por la imposibilidad de acceder a una educación honorable, compatible con la condición de seres pensantes.
La violencia en todas sus formas es la que otorga el poder sobre los débiles; y la indiferencia hace de las víctimas escombros que estorban la convivencia y conducen a un sin sentido. Ésa es una de las claves que impulsan a muchos a buscar refugio para sus ilusiones y esperanzas en naciones lejanas.
Pero esta movilidad en el mundo, en su aspecto positivo, ha hecho que muchas culturas sean universales, precisamente por su fusión o por la adopción de elementos pertenecientes a otras culturas, enriqueciendo de manera febril una memoria de identidades. En la cultura están todas las huellas de ese peregrinar humano en medio de las eventualidades del tiempo. Y el arte, en todas sus manifestaciones, constituye uno de sus testigos más notorios, aunque no haya sido la excepción a las transformaciones: lo hemos visto mutar, cambiar de piel, de formas, de ideologías; lo hemos visto híbrido, ecléctico en todas sus escalas de valoraciones. Para el arte no existe el tiempo: podemos traer elementos artísticos primitivos y volverlos contemporáneos.
El arte necesita moverse, porque es la única manera de salvar una memoria histórica dejada por nuestros antecesores, que dieron pautas para el pensamiento evolutivo en que nos encontramos ahora. Al mismo tiempo, la función del arte consiste en conservar las manifestaciones lúdicas del espíritu humano y sus combinaciones culturales: en el bien entendido de que, cuando se habla de cultura, hablamos de memoria, de territorio, de valores, de patrimonio humano, de derechos humanos...
Pero, ¿qué pasa con la persona que sale de su contexto natural, donde es reconocida y aceptada en su lenguaje, y llega a otro totalmente ajeno a sus costumbres donde tiene que adaptarse de manera rápida para fluir y entablar comunicación e ir ganando grados de reconocimiento? ¿Qué cambios se operan en su conducta, y qué otros debidos a causas exógenas se adoptan cuando nos encontramos lejos de casa? ¿Qué valores se suman a los recuerdos frente a lo desconocido? ¿Cómo empezamos a comparar lo dejado atrás con el nuevo presente? ¿Qué llevamos de nuestro lugar de origen al nuevo espacio? ¿Qué contrastes sufren nuestras emocionalidades, cuántas nostalgias se acumulan en el alma, haciendo del corazón un huracán de lágrimas? ¿Qué costumbres debemos olvidar porque en un nuevo episodio de vida no tienen ningún valor? Nuestra historia personal de origen ¿retrocede a medida que se expone a más tiempo en un hábitat ajeno? ¿Qué parte de mi idioma debo dejar deshabilitada para adoptar las nuevas palabras y mejorar la comunicación? ¿Qué otros matices tiene la ilusión, cuando se está en el lugar de nacimiento y qué otros cuando se viaja enfrentando duras realidades? ¿Qué hizo España para estar en estos momentos inquieta ante un supuesto alud de inmigrantes? ¿Ninguno de lo analistas de economía previó la recesión económica y el creciente desempleo? ¿Cuáles fueron las señales que indicaron a España que el número de extranjeros en su territorio empezaba a ser excesivo?...
Pero volvamos al arte: ¿qué puede hacer el arte en este ámbito de las migraciones?, ¿cuáles son sus aportaciones? Como el arte configura la vertiente lúdica del espíritu y ha sido un soporte en la evolución de la humanidad, constituye un espacio donde se evidencian las manifestaciones experimentales de la vida y que eleva a las cumbres del tiempo los símbolos y los signos del espíritu.
Las relaciones humanas, espacio complejo e inestable donde opera el arte, constituyen un ámbito donde impera muchas veces la falta de equidad. Pero el pensamiento del arte –si no quiere ser un pensamiento disecado- tiene que estar despojado de todo egocentrismo, de toda vanidad generadora de monólogos, ha de liberarse de prejuicios y de discriminaciones para iniciar el viaje maravilloso hacia las profundidades de los diálogos humanos.
El arte es un pensamiento edificante, en comunicación con el espacio en que se involucra, porque se nutre del contacto directo con la vida que se desarrolla en esos espacios que tantas veces parecen negarla: entrando en los múltiples lenguajes de lo cotidiano, adquiere matices donde se conjugan lo divino y lo profano del acontecer humano.
En la realidad cotidiana ponemos en práctica lo aprendido cuando nos asumimos como seres dotados de conciencia. Y el arte intenta acercarse a ello escudriñando, buscando los materiales necesarios para construir un escenario más habitable y captando elementos a los que el sentido lúdico del arte otorgará una nueva resignificación al restaurar sus dones extraviados.
El arte sale al paso de las personas, los verdaderos protagonistas de su quehacer cotidiano en el mundo, portadoras de riquezas y de sabidurías populares: gentes de diversos lugares que confluyen en un mismo espacio donde acontece un encuentro de memorias, de descubrimientos y donde entran en comunicación las múltiples diversidades que conforman las identidades de las personas.
Cada persona es representante de una nación cuando sale de ella, carga sobre sí sí toda una historia colectiva y cultural de su lugar de origen. Por eso hay que buscar en cada biografía particular la memoria, el territorio, las costumbres… todos aquellos elementos que forman parte de la idiosincrasia y de la singularidad de cada uno. Porque todos los que migran están en un territorio que no es el suyo, y porque las necesidades compartidas los hermanan en una sola comunidad, hay que reconocer y revelar los valores autóctonos de cada inmigrante, para entablar una relación armónica con los vecinos.
Cobra así sentido el esfuerzo por descubrir los puntos en común, las similitudes en las biografías, el paralelismo de las ilusiones con que todos llegaron. Y se realza la importancia de sumar todos estos rasgos compartidos en favor de una empatía que eleve la autoestima y abra las mentes al convencimiento de que no están solos.
El arte ha de tejer de una manera pedagógica los lenguajes y las costumbres singulares, y convertirlos en una geografía de diversidades que todos puedan recorrer sin sentirse cohibidos por los límites.