| El siglo XXI ha comenzado bajo el signo
de la circulación internacional de la mano de
obra. Los países desarrollados se enfrentan a
reclamos contradictorios: de una parte, una opinión
pública que demanda que se refuercen las fronteras
ante la amenaza de la presión inmigratoria; y,
de otra, la conciencia generalizada de que se necesita
mano de obra inmigrante que permita mantener el desarrollo
económico y proteger las pensiones de una población
envejecida.
Las migraciones internacionales crean oportunidades
y reportan beneficios tanto a los países receptores
como a los emisores; y, a la vez, causan problemas e
incertidumbres que afectan a unos y otros. Mientras
que, en los países emisores, se cuestiona si
las remesas de los emigrantes compensan los efectos
sobre su desarrollo social y económico de la
pérdida de efectivos laborales, muchas veces
altamente cualificados, preocupa en los países
receptores que el acomodo y convivencia de grupos de
los más diversos orígenes culturales y
religiosos afecte a su cohesión social, al tiempo
que se debate sobre la tradicional equiparación
entre derechos y ciudadanía.
Uno de los retos sociales y políticos más
importantes a que han de enfrentarse los países
receptores de inmigrantes es el desarrollo de fórmulas
de integración que no sólo garanticen
el respeto a las particularidades, sino que contribuyan
también al enriquecimiento mutuo.
La información constituye el primer paso para
la participación en los diversos ámbitos
de la sociedad. Para que el inmigrante participe, se
necesita hacerlo conocedor de sus derechos y de sus
deberes, de las posibilidades que la sociedad le ofrece,
de los recursos de que dispone, de los procedimientos
de que puede servirse para la defensa de sus derechos.
Sin esta base, la persona carecerá de los instrumentos
precisos para su inserción real en la sociedad.
Además, los profesionales que prestan información
y asesoramiento a los inmigrantes han de contar con
los medios adecuados para facilitar la información,
canalizarla y compartirla con otros profesionales: por
eso, la importancia de establecer canales de comunicación
entre los distintos agentes sociales que atienden al
colectivo, con el objeto de compartir y unificar la
información y los recursos, y de mantener constantemente
formados e informados a los asesores. Sólo así
estarán capacitados para afrontar los constantes
cambios que se producen en torno a las migraciones:
características, normativas, reglamentos, documentación,
servicios…
Las Nuevas Tecnologías de la Información
han modificado radicalmente los medios y los modos de
comunicación, tanto individuales como corporativos,
y afectan a todas las relaciones humanas, sociales y
laborales. Por ello es imprescindible adecuar la información
a los receptores y adaptarla a las nuevas tecnologías.
Con la página web que aquí se presenta
se quiere crear un espacio en internet donde se facilite
información veraz y actualizada. Los foros de
debate y las asesorías on-line permitirán
socializar estudios teóricos y orientaciones
prácticas en las vertientes social y jurídica.
El recurso al correo electrónico servirá
para enviar de forma periódica a todos los suscriptores
la información que los profesionales de las diversas
organizaciones necesitan para realizar su trabajo.

El aumento de la inmigración
El fenómeno migratorio ha existido desde siempre.
Lo sorprendente del caso de España es que nuestro
país pasó, en un par de décadas,
de ser emisor de emigrantes a convertirse en lugar de
tránsito y de destino.
A pesar del aumento de inmigrantes (1.977.291 de extranjeros
con tarjeta o autorización de residencia en vigor
a fines de 2004), éstos sólo suponen un
8,4% de la población total empadronada a 1 de
enero de 2005: se trata de un porcentaje inferior al
de otros países de la Unión Europea, como
Alemania, Austria o Bélgica; pero superior al
de Francia, Holanda, Reino Unido o Italia.
Se han incrementado los porcentajes de mujeres y de
menores migrantes. Y también se constata un incremento,
difícil de cuantificar, de personas en situación
irregular: unas 800.000 en vísperas del proceso
de normalización de febrero de 2005.
La inmigración ha crecido de forma muy rápida.
Desde 2002, el número de extranjeros documentados
en todo el Estado ha crecido a un ritmo acelerado:
31-XII-2002: 1.324.001 extranjeros con permiso de residencia
31-XII-2003: 1.647.011 “ “ “
31-XII-2004: 1.977.291 “ “ “
El proceso de normalización documental abierto
por el Gobierno español en febrero de 2005 ha
incidido directamente en un aumento considerable del
número de personas extranjeras documentadas,
aún cuantificado sólo en parte.
Por nacionalidades, los colectivos nacionales residentes
en España más numerosos son el marroquí
(más de medio millón), el ecuatoriano
(casi 492.000), el rumano (más de 314.000) y
el colombiano (por encima de 268.000).
En Canarias, la inmigración ha pasado a ocupar
el primer plano de la actualidad. Las islas se han configurado,
en muy pocos años, como espacio receptor de inmigrantes,
en abierto contraste con la tradicional tendencia a
la emigración de sus habitantes. El fenómeno
se ha incrementado a lo largo de la última década,
hasta el punto de que el Archipiélago se presenta
a principios de 2004 como la quinta Comunidad Autónoma
en recepción de inmigrantes regulares, con una
de las tasas de extranjería más altas
del Estado español, después de Baleares
y de Madrid. Según datos del Ministerio del Interior,
a 30 de junio de 2004 residían en Canarias 119.335
extranjeros.
Como es bien sabido, ese fenómeno inmigratorio
se ha acelerado en los últimos tiempos. Si desde
1990 a 1999 se dieron de alta en el padrón de
los municipios canarios 32.000 personas extranjeras,
se han inscrito más de 93.000 en lo que va de
década: casi tres veces la cifra de todo el decenio
anterior. Durante los últimos diez años
la población extranjera con permiso de residencia
en las islas ha aumentado más de un 113%. Y los
datos del padrón municipal corroboran ese intenso
crecimiento: 219.941 extranjeros inscritos en los municipios
de Canarias a 1 de enero de 2005.
Sin embargo, los nuevos habitantes no se reparten de
forma homogénea en el contexto regional, por
lo que la presión demográfica a que están
sometidos algunos municipios isleños resulta
incluso preocupante: sobre todo, si atendemos a la incidencia
del fenómeno turístico, a la población
flotante que permanece en el Archipiélago por
diferentes motivos, y a la llegada de trabajadores de
otras regiones del Estado.
Aunque una de las notas características de la
inmigración en Canarias sea la diversidad de
su procedencia, cuatro de cada diez extranjeros dados
de alta entre 2000 y 2003 son originarios del continente
americano. Las cifras globales del padrón municipal
de habitantes a 1 de enero de 2004 indican una más
numerosa presencia de inmigrantes americanos de nacionalidad
no española en la provincia de Las Palmas, en
términos absolutos (524 de América del
Norte, 5.898 de América Central y 29.781 de América
del Sur); pero la mayor concentración de estos
dos últimos grupos se da en la provincia de Santa
Cruz de Tenerife, donde los originarios de la América
no septentrional que no poseen la nacionalidad española
representan nada menos que el 70,37% del total de extranjeros
no comunitarios (en las Palmas son el 58,69%).
Hay también un alto porcentaje de ciudadanos
de la Unión Europea: entre alemanes y británicos
suman una cuarta parte del total de extranjeros que
residen en Canarias de forma legal (las cifras respectivas
del padrón, a 1 de enero de 2004, son 25.305
y 20.526). Del resto del Viejo Continente llegan sobre
todo rumanos, búlgaros y ucranianos: los dos
primeros colectivos empezaban ya a tener una importancia
significativa a principios de 2004: 1.251 y 938, respectivamente,
según los datos del padrón.
Colombianos, alemanes y británicos constituyen
los grupos que han experimentado el mayor número
de altas patronales durante el trienio 2000-2003. Si
atendemos a un marco cronológico más amplio,
llaman la atención -en el transcurso de la última
década- el crecimiento experimentado por varias
nacionalidades iberoamericanas y la rápida evolución
de las colonias italiana y china.

Situación actual de la inmigración
laboral de origen extranjero
Está suficientemente probado que, con independencia
de las fluctuaciones de los ciclos económicos,
la economía española demanda puestos de
trabajo que no alcanzan a ser cubiertos por la población
residente. Nos encontramos, pues, ante una situación
estructural que, como tal, debe ser abordada.
La inmigración laboral está realizando
una importante contribución económica
a nuestro país, por lo que su conocimiento resulta
imprescindible para combatir tópicos falsos,
como el de que los inmigrantes viven a costa de nuestro
sistema social. Además, y puesto que la mayor
parte de la inmigración que recibimos es de carácter
laboral, el ámbito del trabajo se configura como
la primera clave que ha de ser atendida de modo preferente
en el proceso de integración.
Adviértase la evolución observada en sólo
tres años en las cotizaciones a la Seguridad
Social:
- 607.074 extranjeros afiliados en diciembre de 2001;
-1.074.791 extranjeros afiliados en diciembre de 2004.
La realidad de Canarias no difiere mucho de la del resto
del Estado. Se encuentran 69.664 extranjeros con alta
en la Seguridad Social, a 31 de diciembre de 2004, que
contribuyen a que la economía del Archipiélago
se configure como una de las más dinámicas
del conjunto de las Comunidades Autónomas, con
un crecimiento de su PIB que aventaja en tres puntos
a la media nacional.
Los extranjeros afiliados a la Seguridad Social a fines
de 2004 representan el 6,26% del total de afiliados
en el conjunto nacional: una proporción que se
eleva en Canarias al 9,49%. La incorporación
de cotizantes extranjeros a la Seguridad social está
produciéndose a gran velocidad, y se ha visto
sensiblemente incrementada al finalizar el proceso de
normalización de 2005.
Se estima que los inmigrantes aportan a la creación
de riqueza entre el 2,5 y el 4% del PIB (cuarto trimestre
de 2004); y que contribuyen a la financiación
del Estado con el 1,8% del total recaudado por IRPF
(datos correspondientes al primer semestre de 2004).
A todo ello habría que agregar su aportación,
a través del consumo, en alimentación,
vestido, vivienda, etcétera; y a la dinamización
de sectores económicos como el agroalimentario,
el textil, la construcción o el mueble, que dan
ocupación a numerosos trabajadores nacionales.
En materia de pensiones hay que destacar que los inmigrantes
constituyen una población muy joven que aún
no recibe prestaciones: están construyendo su
futuro derecho a percibirlas; pero, entretanto, contribuyen
a las entradas del sistema. Situación similar
se registra en el caso del desempleo. En comparación
con los españoles, sus tasas de actividad son
más altas; las de cobertura, más bajas,
y los promedios de tiempo en el desempleo, más
cortos.
En cuanto a su relación con el mundo del trabajo,
cabe afirmar de manera general que los inmigrantes no
compiten por puestos laborales con la población
autóctona; y que, paradójicamente, conviven
entre ellos el paro y la necesidad de mano de obra.
La elevación de los niveles culturales y de las
expectativas profesionales de la población local
deja espacios laborales sin suficiente demanda que,
de no cubrirse con inmigrantes, verían estrangulado
su desarrollo: es el caso de agricultura, la construcción,
la hostelería y el comercio y el servicio doméstico:
aun así, hay determinados sectores de actividad
donde una acusada concentración de extranjeros
genera cierta competencia. Una característica
fundamental de esos nichos laborales es la precariedad
de las condiciones de trabajo, que alcanza sus niveles
más inquietantes en el caso de trabajadores sin
permisos de residencia y de trabajo.
La existencia de una bolsa importante de extranjeros
en situación administrativa irregular y la necesidad
en que se hallan los inmigrantes de preservar a toda
costa los puestos de trabajo (adviértase que
gozan de una menor protección social y que han
de acumular cotizaciones para renovar los permisos)
hacen especialmente vulnerable a esa población
a prácticas abusivas de algunos sectores empresariales.
De ahí se derivan niveles salariales inferiores,
condiciones de trabajo más duras, incumplimientos
de los convenios en materia de jornada…: todo
lo cual incide en la desestructuración del mercado
laboral, y demanda una solidaridad más comprometida
de parte de la sociedad civil. La dependencia del precontrato
para la obtención del permiso de trabajo o para
su renovación obliga al inmigrante a aceptar
peores condiciones laborales que la población
autóctona, que no padece estas restricciones
legales.
Además de los efectos directos mencionados, la
precariedad configura una situación objetiva
de desigualdad. En efecto, la falta de acceso a la formación
continua y a la promoción profesional mantiene
a esos grupos sociales en actividades poco cualificadas
y con las retribuciones más bajas. La existencia
en Canarias de una importante bolsa de población
inmigrante en situación de irregularidad dificulta
la aplicación de la normativa laboral y determina
la existencia de condiciones de trabajo y de vivienda
abiertamente discriminatorias.
La temporalidad en los permisos de trabajo genera inestabilidad
e inseguridad jurídica, y dificulta una adecuada
integración social y cultural en las sociedades
de acogida. El desarraigo y la falta de cohesión
social provocan una desprotección, que favorece,
a su vez, situaciones discriminatorias en el acceso
a los puestos de trabajo. La inseguridad en el empleo
arrastra consigo la precariedad en las condiciones generales
de vida en lo relativo a la vivienda, la educación,
la cultura, la participación en la vida asociativa,
la reunificación familiar, etcétera.
A pesar de que la distribución sectorial de los
trabajadores inmigrantes coincide con la estructura
del mercado de trabajo canario (no olvidemos que éste,
en Canarias, es principalmente un mercado de servicios),
la población inmigrante se ocupa en ramas de
actividad muy concretas y, por lo general, afectadas
por peores condiciones laborales. No obstante hay que
pensar que, en la medida en que se produzcan asentamientos
más estables, y conforme la población
inmigrada logre acceder a condiciones más igualitarias,
se producirá la competencia normal que se da
entre los trabajadores locales en el acceso a los diferentes
empleos.
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La intervención social con inmigrantes
El panorama descrito hasta aquí permite advertir
que las políticas dirigidas a la población
inmigrante y la participación de los extranjeros
en las diversas políticas sociales arrojan unos
resultados ciertamente insatisfactorios: su aportación
al erario supera manifiestamente el nivel de prestaciones
que reciben.
En el ámbito de la inmigración, la subsidiariedad
otorga un papel preponderante a los agentes más
cercanos y, por lo tanto, a las Asociaciones, en lo
que se refiere a la prestación de servicios de
carácter sociolaboral.
Desde el punto de vista de las políticas públicas
existe cierta tensión entre el desarrollo de
políticas específicas y políticas
normalizadas. Las primeras contemplan como receptores
únicamente a los inmigrantes, en virtud de sus
peculiaridades. Las políticas normalizadas tratan
a los inmigrantes como al resto de la población
autóctona, sin atender a sus especificidades
como criterios que deban orientar las intervenciones.
Conviene reafirmar la normalización como forma
de integración. Sin embargo, ocurre con excesiva
frecuencia que, desde esta óptica de la integración,
se promueven formas de apoyo a los inmigrantes que,
por el mismo modo en que son concebidas y realizadas,
alientan en ese colectivo la conciencia de ser diferentes:
incluso se les posiciona aparte sociológicamente
en la convivencia común.
La consecuencia no querida de esa política equivocada
es que se les mantiene como no integrados y en situación
de inferioridad, aunque la intención original
fuera ayudarles o favorecerles. Por eso, toda ética
de apoyo a los inmigrantes debería sustentarse
sobre la base del objetivo prioritario de la integración,
que sólo se logra a partir de la normalización.
Sí es cierto que determinados condicionantes
derivados de la situación del inmigrante, como
el desconocimiento del idioma y otras situaciones de
mayor complejidad, aconsejan la adopción de políticas
normalizadas de acción específica. Estas
políticas incorporan dentro de una lógica
normalizada la especificidad de los inmigrantes, para
evitar los efectos excluyentes de las políticas
específicas. No obstante, para que el inmigrante
acceda en igualdad de condiciones que la población
autóctona a los servicios normalizados, es preciso
que disponga de acceso a las vías de información.
La accesibilidad de los servicios normalizados ha de
agilizarse con una mejor formación y dotación
del personal responsable de esas prestaciones. Ha de
capacitarse a esos gestores para que su intervención
sea más eficaz; y ha de promoverse la puesta
en marcha de acciones específicas para inmigrantes,
que redunden en una mejor utilización de los
servicios establecidos para el conjunto de la población.
Salta a la vista la necesidad de formación de
los agentes sociales y profesionales que desarrollan
su labor en el área de las migraciones, ya que
se detecta una carencia de conocimientos en diferentes
aspectos de la realidad de la inmigración y de
la legislación de extranjería, principalmente
en aquellas normas de reciente elaboración, como
el actual Reglamento de la Ley de Extranjería.
Aunque, efectivamente, la población procedente
de países con graves problemas de desarrollo
haya de afrontar en nuestra sociedad condiciones de
vida de extrema dureza, sobre todo durante la primera
etapa de su itinerario inmigratorio, no resulta menos
cierto que se trata de personas jóvenes, con
un aceptable nivel de salud y con evidentes deseos de
participar en el desarrollo socioeconómico de
la comunidad de recepción. Resulta innecesario
advertir que estos elementos característicos
difieren radicalmente del perfil de los otros colectivos
en riesgo de exclusión atendidos por la Red de
Servicios Sociales.
Pero, aunque muchos inmigrantes poseen un nivel cultural
y profesional muy superior al que requieren los trabajos
que realizan, las oportunidades laborales que se les
ofrecen son ocupaciones que no requieren cualificación
previa y que se caracterizan, además, por su
extrema temporalidad y bajos ingresos.
La implicación de los inmigrantes en el desarrollo
del mercado laboral de nuestro país no resultará
realmente efectiva si no va acompañada de medidas
que contribuyan a mejorar su itinerario laboral en función
del nivel de formación y de la experiencia que
aportan.
En cualquier caso, la intervención interdisciplinar
constituye una herramienta imprescindible para abordar
la compleja realidad con que la intervención
topa cotidianamente en el ámbito del empleo.
La suma de esfuerzos se revela mucho más indicada
que la competencia entre los agentes implicados.
Se hace necesario el trabajo en red, en estrecha coordinación
de recursos y con sustento en la complementariedad de
acciones sostenidas en el tiempo, tanto desde el ámbito
público como desde las esferas privadas, en pos
de una armonía de estrategias que garantice la
eficacia y la eficiencia en el desarrollo de los proyectos.

Cemigras en el ámbito de la inmigración
La conciencia del impacto social de la nueva realidad
descrita en los puntos anteriores impulsó la
constitución del Centro Europeo de Estudios sobre
Flujos Migratorios, que nació con el propósito
de convertirse en un instrumento de investigación,
análisis y atención de los fenómenos
migratorios.
A lo largo de los dos años transcurridos desde
la constitución de Cemigras se han estudiado
los diversos tipos de migraciones, y se han analizado
las causas de estos fenómenos y las condiciones
sociales y políticas de los países emisores.
También se han investigado los problemas derivados
de la integración laboral y social, y se ha dedicado
una particular reflexión al marco jurídico
comunitario y nacional de la inmigración y la
extranjería.
El análisis de la realidad reafirma la apuesta
de nuestra Asociación por un modelo de inmigración
laboral ordenado y conformado por políticas para
la integración social, que se sustente en el
reconocimiento de los derechos laborales y sociales,
y adopte como referente el mercado de trabajo, que consideramos
un elemento decisivo para regular la presencia de los
colectivos de trabajadores y para promover la inserción
sociolaboral. Cemigras proclama asimismo su compromiso
para luchar contra cualquier forma de racismo o xenofobia.
Conocemos la dificultad que encuentran las personas
que vienen de fuera cuando llegan a un país extraño;
y comprendemos su desorientación para desenvolverse
de manera eficaz en la sociedad de acogida, por el desconocimiento
de los recursos y, en no pocos casos, de la lengua y
de la cultura del territorio donde van a establecer
su residencia. Por ello, la Asociación promueve
el desarrollo de servicios y la promoción de
recursos gratuitos y eficaces que faciliten la formación
y la información al colectivo inmigrante y a
las personas que trabajan con ellos.
También consideramos importante que se realicen
y se divulguen investigaciones y estudios, y que se
apoye a todas las personas y organizaciones que pretendan
adentrarse en el análisis de nuestra realidad
social. Las universidades canarias y los centros de
investigación social establecidos en el Archipiélago
tienen ante sí un reto que no pueden desatender.
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