En el prólogo del libro se recoge el lema del Sopi, el partido del presidente Abdoulaye Wade que ganó las elecciones en Senegal después de cuarenta años de socialismo senghoriano: “hay que trabajar, trabajar más, siempre trabajar”. Mbaye lo cita como la prueba de que los valores antiguos de la sociedad senegalesa están perdiéndose: por eso, ese programa era necesario en Senegal en el momento en que Wade accedió a la presidencia del país, para que éste saliera de la situación de miseria social en que se hallaba sumergido. Desafortunadamente, a pesar de la esperanza surgida a raíz del cambio político, la vida de los senegaleses no ha cambiado y la única solución o perspectiva de futuro ofrecida a los jóvenes senegaleses, los gorgorlou que se buscan la vida en las calles de Dakar, sigue siendo la emigración.
Este librito corto, que se parece más a un ensayo que a una novela, refleja la condición íntima del emigrante, viajero en contacto continuo con dos culturas. Se afronta la experiencia de la emigración desde la perspectiva del propio autor, que la ha vivido en carne propia; y se recorre la experiencia del emigrante desde la decisión de emprender su singladura, impulsado por motivos de necesidad económica. El texto contempla la doble posible y esperanzada perspectiva que se abre para el emigrante, al final de su periplo, utópica en la mayoría de los casos: un hipotético retorno al país de origen o el éxito social en el país de acogida. Ese recorrido está salpicado de anécdotas cuya ironía nace de la distancia que separa el deseo ilusionado y la chata realidad del modou modou (emigrante senegalés), marcada por la crueldad y el desengaño.
Además de este primer nivel de lectura, más bien horizontal, que constituye un testimonio directo muy útil para quien quiera entender la inmigración desde el punto de vista de sus protagonistas, se conforma otro plano, donde se recoge la mezcla de sentimientos que agitan al autor, que confiere al libro sus rasgos más conmovedores.
El proceso de integración, la necesaria situación de interculturalidad forzada a que está sometido el inmigrante, el desarraigo, las dudas entre el modelo cultural propio y el nuevo… son cuestiones que planean a lo largo de las páginas del libro y contribuyen a incrementar su interés.
Si, por una parte, Mbaye defiende a los senegaleses como un pueblo caracterizado por su “amor al trabajo, por ser un ejemplo de fortaleza ante los obstáculos de la vida y por su rechazo frente al deshonor”, y si “llueven elogios de todos los lugares del mundo para los inmigrantes senegaleses que son conocidos por su rectitud y amor al trabajo”, también admite que “solamente en Senegal uno puede dormir hasta las doce del mediodía y encontrar su delicioso thiébou dieune (plato nacional senegalés) sin pagar nada”. De manera un tanto arriesgada, Mbaye cree identificar contradicciones análogas en Europa; no obstante lo cual profesa una admiración no disimulada hacia Occidente: “aquí en Europa, uno se gana la vida con su trabajo, realiza su sueño con su trabajo, recobra su dignidad con su trabajo y también contribuye al desarrollo económico de su país con su trabajo”.
¿Cómo conciliar e interpretar estas visiones contradictorias (Senegal en negativo /en positivo, Europa en negativo /en positivo)? Este libro es una catarsis personal y, como toda catarsis, es dual, confusa, como toda experiencia humana que se cuente con sinceridad. No se trata de gustar o no, sino de ubicarse en el mundo de los hombres, con toda la complejidad y dualidad de un alma partida
(Reseña de Brice Payen, AfricaInfoMarket) |